FRONTERAS, MUJERES DESPLAZADAS Y ESPIRITUALIDADES 

 Por: Ana Mercedes Pereira Souza

 

Ser (i )migrante y vivir en un mundo que no es el nuestro, es sentirse extranjero en todos los lugares, igual si visitamos o volvemos al lugar que un día dejamos atrás

 

Introducción:

 

El tema de las fronteras, además de proyectarnos en el presente y hacia el futuro, nos remite también al pasado, a nuestras memorias e historias personales. Desde mi nacimiento, fui y continúo siendo una mujer de fronteras. Mi padre, un ingeniero que trabajo en Tumaco-Nariño desde comienzos de los años 50s, murió de manera “extraña”, algo que nunca se investigó. Mi madre quedó viuda con 7 hijos, el mayor de 10 años y yo, de 10 días de nacida. Le robaron todo, quedó en la pobreza total y se “desplazó” a Pasto. Allí, en el barrio El Tejar, el primer barrio del Inscredial en esta ciudad, la referencia que tuvo para reorganizar su vida fue la parroquia. Con mercados semanales y con una máquina de coser proporcionada por los grupos de asistencia parroquial, ella nos dio el pan y nos inculcó los valores cristianos para que pudiéramos sobrevivir frente a esa tragedia.

 

Esta es también la historia de miles de mujeres quienes durante la “Época de la Violencia” de los años 40s y 50s, del siglo XX, se desplazaron a las ciudades para refugiarse de las amenazas de muerte y para emprender una nueva vida, igual con 7 y más hijos. Son situaciones de muertes y pérdidas materiales que nunca se investigaron y quedaron en la total impunidad. Son mujeres que, al igual que mi mamá, al llegar a las ciudades, la única referencia que tenían era la parroquia y los grupos de damas que proporcionaban asistencia a estas familias. De amas de casa o de campesinas cultivadoras de sus tierras, pasaron a ser obreras en las fábricas, empleadas domésticas o rebuscadoras independientes. Una minoría logró salir adelante con base a estudios y trabajos de mejor remuneración (Pereira, 1998).

 

Hoy, a 50 y más años de estas tragedias, nos encontramos nuevamente con el mismo drama. Con más de tres millones de personas desplazadas, las mujeres son, según cifras oficiales, el 70% de las víctimas de la violencia actual. Son mujeres que lo perdieron todo, algunas sus esposos, sus hijos, sus pertenencias y llegaron a las ciudades con las manos vacías. Las historias de vida trabajadas desde nuestra organización, REMPAZ, en Sincelejo, nos hablan de la misma historia en diferentes contextos y con más actores involucrados. A diferencia de décadas anteriores en las que las mujeres llegaban a las parroquias católicas, hoy ellas llegan también a las iglesias históricas e evangélicas. Estas iglesias vivieron igualmente la experiencia de fronteras, fueron perseguidas durante la violencia de los 40s.50s en las zonas rurales y se establecieron en las ciudades, donde experimentaron dinámicas de crecimiento y expansión nacional (Pereira, 1994). Al mirar cómo la historia se repite, tomamos mayor conciencia de que la sociedad colombiana es una historia construida con base a experiencias fronterizas y nuestras identidades se han resignificado constantemente, ligadas a fragmentos de encuentros y desencuentros, de intercambios culturales, religiosos, económicos, políticos y sociales. De los 50s a la fecha, somos cuatro generaciones las que hemos experimentado diferentes grados y niveles de violencias. Como bien lo explica Blair, “la violencia se inscribe dolorosamente, en la memoria colectiva de la sociedad(…)Y es en este juego complejo de pasados, presentes y futuros, donde la violencia interviene como referente inscrito en la memoria colectiva de los colombianos”(Blair, 1999).

 

¿Qué significa para millones de colombianos y colombianas la experiencia de vivir en las fronteras? ¿Qué significa vivir la experiencia de estar en los bordes, sentirse en los límites geográficos, afectivos, económicos, políticos, sociales, culturales y religiosos? Si las transformaciones sociales producidas por las violencias eliminan certezas y referentes colectivos,  ¿Cómo han sobrevivido estas generaciones a las crisis de sentido, crisis económica,  crisis de identidades culturales y religiosas provocadas por estas marcas fronterizas? ¿Cómo logran reconstruir sus proyectos de vida en medio de tantas vulnerabilidades? Siguiendo las reflexiones de Blair, en estos contextos de fronteras, “el tránsito no puede hacerse sin los mecanismos a través de los cuales se generen nuevas formas de sociabilidad que lo posibiliten, sobre todo, cuando ese tránsito es una mutación cultural que exige la interiorización de un nuevo imaginario social”(Blair,pag.73)

 

  1. Hacia una comprensión del concepto de fronteras

 

Analizando esta categoría de frontera, Giroux  comenta que esta experiencia “denota un conocimiento de esos márgenes epistemológicos, políticos, culturales y sociales que estructuran el lenguaje de la historia, el poder y la diferencia (…)denota formas de transgresión con que las fronteras existentes, forjadas desde la dominación, se pueden cuestionar y definir de nuevo”. La teóloga holandesa Lieve Troch expresa que,  “Las fronteras hacen parte de la vida en el nivel personal y estructural. Las fronteras construyen identidades de pueblos, de sujetos, de instituciones, de religiones y pensamientos (…) La violación de fronteras corporales, espirituales y culturales de mujeres y hombres, de pueblos indígenas, destruye su integridad y sobrevivencia. Las fronteras pueden ser sagradas (…) la lucha para escapar de la muerte a la vida está ocurriendo en las frontera” (Felix, 2003).

 

Silvia Regina, teóloga brasilera, nos aporta otros elementos para la comprensión  de lo que significa vivir en “tierras de frontera”: “En la frontera, aunque no sea permitido, se transita de un lado a otro, es espacio de la transgresión, en ella se juega con las palabras, los espacios y los símbolos: la frontera nos confronta. Experiencia religiosa de frontera, experiencia desinstaladora, provocadora” (De Lima, 2003). 

 

Queremos analizar la experiencia de fronteras de mujeres desplazadas que acompañamos a través de la RED ECUMÉNICA NACIONAL DE MUJERES POR LA PAZ, REMPAZ, en Sincelejo, Sucre. Nos interesa analizar cómo han vivido y van asumiendo la situación de “transitoriedad,  en los “bordes”, en la marginalidad no solo en términos geográficos, sino también sociales, políticos, económicos, culturales y religiosos.  Una constante que observamos en nuestro trabajo, es la fuerza de la fe en las mujeres y hombres que acompañamos e intuimos, que este es un referente central que les ha ayuda a construir nuevos simbólicos: “Siempre he tenido presente un versículo del Libro de Los Hebreos que dice: la fe es esperar con paciencia lo que no se ve. He esperado con paciencia en Dios porque nos fortaleció antes. Ahora estamos compartiendo en REMPAZ  porque nos identificamos con ese deseo que El nos dejó, de servir en amor. Estamos acogidas por Dios y de pronto nos pasan muchas cosas pero a veces lo dejamos a El de último y siempre lo debemos tener de primero. Hay que darle gracias a Dios por lo bueno y también por lo malo

 

Las religiones cumplen múltiples funciones sociales y  son por excelencia –y especialmente en situaciones fronterizas- , fuente de conocimientos, de creatividad, de interpretación de sus realidades, de seguridades, de construcción de sentidos frente a la vida y a la muerte. De acuerdo con  Izquierdo, las religiones “son un sistema de símbolos que actúan formulando concepciones de un orden general de la existencia, que establecen estados de ánimo y motivaciones en la gente y reviste estas concepciones de un sentido de realidad, de tal forma que puedan transformar la acción de los creyentes en influjos en la realidad social, cultural y política” (Izquierdo, 2007). En gran parte, las mujeres desplazadas por el conflicto armado, son de origen campesino, afro o indígena. Son personas que vivían en lugares apartados, en veredas de poco acceso y de poca presencia y acompañamiento por parte de la Iglesia Católica. Son mujeres que viven de experiencias de religiosidad popular tradicional oral transmitidas generacionalmente. 

 

Por efectos del desplazamiento, al cruzar las fronteras, sus “depósitos de sentido” (Berger y Luckmann, 1996) y sus identidades culturales y religiosas, comenzaron fragmentarse y en consecuencia, a transformarse. El quiebre de sus proyectos de vida, de las seguridades que les proporcionaba la vida en sus tierras, la “relativa” estabilidad económica en medio de familiares, amigos, vecinos donde la palabra, la voz tenían significados  y eran reconocidos socialmente, les exigió elaborar nuevas producciones simbólicas (religiosas, culturales, políticas, económicas,) para adaptarse y sobrevivir en contextos urbanos desconocidos, deshumanizantes, donde las solidaridades son escasas y en los que las personas desplazadas generan temores y desconfianzas.

 

De prácticas de asistencialistas, algunas fueron pasando a prácticas de organización comunitaria, de construcción colectiva de conocimientos, a ejercicios de reflexión, meditación y reconstrucción de sus proyectos de vida y en común acuerdo, asumieron la perspectiva Ecuménica promovida por REMPAZ, una propuesta pensada y construida como un proyecto de Ecumenismo de Base, es decir, un Ecumenismo de fronteras, de bordes que nos posibilitaba una relativa autonomía respecto a las instituciones y actores religiosos altos y medios. 

 

Las mujeres pentecostales, “trasgredieron” las normas en sus iglesias evangélicas, quienes, en algunos casos, les impedían construir relaciones ecuménicas, sin embargo, decidieron continuar y avanzar en los procesos de formación integral en esta organización. Como ellas mismas lo manifiestan, “La Red Ecuménica nos ha aportado conocimientos, enseñanzas en relación con los demás, la participación, darnos a conocer, a seguir adelante, aprendimos el significado de la palabra equidad de género, ecumenismo, proyectos, apoyo espiritual, como participar y desarrollar nuestra comunidad, aprendimos a ser multiplicadoras. Es la única ONG que hemos tenido a cerca de lo espiritual

 

Otro elemento de la experiencia de vivir en las fronteras, es el aprendizaje mutuo. Si de un lado y de otro, si hay apertura, respeto y tolerancia, se construyen nuevos aprendizajes. Cuando escuchamos sus testimonios, sus tragedias, sus experiencias de dolor, siempre nos preguntamos: “¿Cómo es posible que estas mujeres puedan reconstruir sus sueños, sus esperanzas en medio de tantas tragedia y cómo es posible que mujeres de clases medias,altas, muchas veces nos desesperamos frente a situaciones que, en muchos casos tienen solución, sea a corto, mediano o a largo plazo? Sin duda alguna, ellas nos enseñan mucho y nos dan ejemplos de lucha, de resistencia, de esperanza en aquello que todavía no es visible ni posible pero que puede llegar! (Pereira, 2007).   

 

 Como investigadora del campo religioso en Colombia observé  a comienzos de los años 90s, cómo en ciertas regiones donde se expresaba con fuerza el conflicto armado y en contextos de desplazamiento se presentaba un crecimiento importante de iglesias pentecostales. Me pregunté por las relaciones entre religiones y violencias y por las funciones socio-religiosas en contextos de alta vulnerabilidad.  Observé que la acogida,  la posibilidad de dar una palabra de aliento y de fe en medio del dolor y el sufrimiento,  la posibilidad de que las personas afectadas psicológicamente puedan realizar ejercicios de “catarsis” en los cultos pentecostales –llorar, gritar, sacar afuera la rabia, la angustia, los miedos-,   eran funciones importantes de estas iglesias en contextos de violencias

(Pereira, 1996).

 

En Sincelejo, ciudad que acoge a más de 80.000 personas desplazadas de diferentes regiones, han crecido las iglesias pentecostales. Su membresía, en gran parte la componen mujeres y hombres desplazados por el conflicto armado en Antioquia, Córdoba, pero en especial, por personas que provienen de la región de Montes de María (Sucre y Bolívar). El fenómeno cobra mayores dimensiones cuando observamos que también varias iglesias pentecostales  de algunos corregimientos de Sucre fueron obligadas al desplazamiento: “En el año 2000 varias de nuestras iglesias salimos desplazadas. Tenemos el caso de la Iglesia Peniel, de La Sierra, iglesia que fue quemada y convertida en cementerio porque la guerrilla mató a varios de sus miembros. Está la Iglesia Los Olivos, de El Orejero, la Iglesia Madre de Canaan en Macayepo, la Iglesia Cristo es el Camino, de Don Juan, la Iglesia Cristo Única Esperanza, de El Pajonalito. Todos llegamos a Sincelejo y allí nació por la bendición de Dios, nuestra iglesia, Remansos de Paz, una iglesia de integración, de acogida a nuestra membresía y de la población desplazada de nuestra región. Actualmente estamos pastoreando en esta iglesia los pastores Edgar Benítez, Luís Mercado Paso, Adelina Zúñiga y yo, Jásper Rodríguez. Otros pastores se fueron a otros barrios de la ciudad y allí crearon nuevas iglesias”. La experiencia de la Iglesia pentecostal,  Remansos de Paz en Sincelejo, nos ofrece un escenario para analizar múltiples procesos de resignificación, de transformación hacia adentro y hacia fuera, desde el año 2001 a la fecha: 

 

Cuando llegamos a Sincelejo nos vinculamos a otras iglesias, pero después por diferencias en la forma de hacer las cosas, decidimos crear nuestra propia iglesia Remansos de Paz y nuestra propia organización social, Aporte Social para la Paz-APORTAPAZ.  Esta organización nació para acompañar a las personas en situación de desplazamiento. A nosotros llegaban personas con hambre, sin vivienda, sin trabajo, y nos preguntaban qué hacer, cómo los podemos ayudar y empezamos a organizarnos, a  gestionar recursos con instituciones del Estado, alimentos, comedores. 

 

Con el SENA realizamos diversos convenios para formar a mujeres, a jóvenes. Actualmente tenemos alianzas con diversas organizaciones, con REMPAZ, con SEMILLAS DE PAZ, entre otras. Walter Villalba, Representante Legal de APORTAPAZ, es cofundador y uno de los coordinadores de las Mesas de Desplazados de Sucre. Hicimos denuncias sobre el trato a las familias desplazadas, sobre el incumplimientos de convenios, leyes del Estado respecto a nuestros derechos. Por estas denuncias nos amenazaron, varias tuvieron que desplazarse nuevamente, refugiarse en otras ciudades por un tiempo. Sin embargo regresaron porque vimos que Dios nos pide que estemos aquí. Este fue el lugar que El nos señaló para emprender acciones en su nombre”

 

Estas nuevas prácticas y representaciones sociales surgidas en esta iglesia pentecostal en contextos de frontera, nos muestra el papel tan importante que cumplen los símbolos, como proceso de resignificación, de construcción de imaginarios sociales y de procesos colectivos. Son nuevas representaciones sociales que, siguiendo a Blair (Blair, pag.73), estructuran aspectos de la vida colectiva y posibilitan la creación, re-creación de una red de significaciones que producen sentido colectivo, que da cohesión a estos grupos porque provocan adhesiones afectivas capaces de moldear las conductas e inspirar acciones colectivas nuevas en defensa de la vida. 

 

En nuestros talleres sobre Verdad, Justicia y Reparación y sobre Reconciliación y Paz, se observan con fuerza los nuevos imaginarios: “Respecto a la restitución, queremos que los agresores o ideólogos den la cara, que acepten el mal que nos han hecho a las familias de Macayepo y a Colombia entera. Que la Ley de Justicia y Paz sea modificada y que nos den espacio a las víctimas de esta violencia. Queremos que nuestro pueblo sea reconstruido para reparar las pérdidas humanas, morales, sociales, espirituales y religiosas. Queremos ver a las familias nuevamente en nuestra plaza, correr libremente con la paz y la tranquilidad que antes había y ahora por culpa de la violencia se ha perdido (…) Queremos que los grupos al margen de la ley pongan sus manos en el corazón y nos den a cada uno de los desplazados la paz que nos han robado, que nos devuelvan nuestras riquezas, la ganadería, nuestras familias, que nos reencontremos con nuestras fuentes de aguas vivas, con los caracolies que nos daban sombra. Que recuperemos a todos los ancianos que han muerto por pena moral, a las personas desaparecidas, a los vecinos que se han ido a otras ciudades o a otro país”.

 

  1. Mujeres, fronteras y espiritualidades

 

Recientemente, durante la Celebración del Día de la Mujer (marzo, 2009), la Iglesia Remansos de Paz acogió a mujeres de diferentes iglesias, a diferentes grupos de mujeres y hombres acompañados por REMPAZ en Sucre y Córdoba. Sus discursos y prácticas festivas, mostraron “cosas nuevas”, se escucharon palabras de aliento, de lucha y ánimo para las mujeres, cantaron, realizaron socio-dramas para mostrar las diferentes formas de exclusión y violencias hacia la mujer, entre todas prepararon un sancocho y lo compartieron para simbolizar las múltiples formas de solidaridad que surgieron y continúan surgiendo en estas situaciones adversas. 

 

Estas mujeres, de prácticas y representaciones socio-religiosas marcadas por el sectarismo tanto católico como evangélico, pasaron a procesos de construcción de solidaridades colectivas, aportaron en la construcción de espacios para la  formación integral, para contribuir en los procesos de transformación de conflictos y construcción de paz, y al mejoramiento de las condiciones de vida de sus familias. En otras palabras, transformaron y ampliaron su visión a través de procesos educativos, organizativos, socio-económicos colectivos y socio-religiosos. Estas prácticas fueron incidiendo en lo que hemos llamado, un proceso de Espiritualidades Ecuménicas propuesta que parte de las preguntas sobre nosotras mismas,  quienes somos, qué queremos, hacia dónde vamos (memorias), qué nos mueve, nos motiva (sentidos de vida) y que aportan igualmente, en la construcción procesos de paz, a nivel local y micro-social. 

 

A través de estas espiritualidades ecuménicas, abiertas a todas las personas y a nuevas maneras de comprenderse y situarse en el mundo, comprenden que la espiritualidad una forma de vida: “Nosotros, los evangélicos trabajamos mucho la parte espiritual pero dejábamos a un lado el comportamiento corporal. Hemos comprendido que la parte espiritual va ligada al cuerpo, a la expresión, a la forma como vivimos, como ayudamos, como manifestamos la verdad. El trabajo espiritual es integral, tanto el alma, espíritu y cuerpo. Nuestra forma de vivir, nuestro estilo de vivir, debe reflejar nuestra espiritualidad, pero como lo espiritual no se ve, debe reflejarse directamente en el cuerpo, en el estilo y en la forma de vivir

 

Para otras personas, es encontrar la relación entre ellas, Dios y el prójimo-próximo: “Entendimos que la espiritualidad no es solamente hablar de Dios. Espiritualidad es lo que yo hago y le brindo a mi hermano. Es la disposición que yo tengo y que me anima a servir. Es algo que a mi me movió porque pensábamos que la espiritualidad era hablar de Dios y aquí nos llevaron a reflexionar sobre lo que dice el apóstol Santiago, “¿qué nos ganamos con decirle al hermano que te vaya bien, que hoy comas bien, pero yo no le doy nada para satisfacer esas necesidades? Entonces, la espiritualidad no es un vocabulario, es como vivo yo mi vida, cómo actúo en la comunidad, qué hago por los demás

 

Otras mujeres, establecieron la relación entre espiritualidad, lo social, los diferentes tipos de conflictos y la necesidad de encontrar equilibrios en la vida personal y comunitaria: “Espiritualidad es la vivencia del yo hacia la sociedad, es la manifestación de una vida libre de odios y rencores, centrados en la práctica del amor desinteresado. Se ve realizada en el amor reconociendo a Dios, reflejado en una misma y en el prójimo. Es la felicidad realizada en medio del conflicto, teniendo control y manejo de la situación y deseos. Es indispensable no olvidar nuestros propios conflictos internos o de nuestra cotidianidad, familiar, comunitaria, económica, ya que estos conflictos tienden a destrucción si no los equilibramos. Espiritualidad es buscar un equilibrio dentro de las prioridades manifestadas en lo personal, familiar, social.

 

Otras personas se interrogaron sobre las enseñanzas de la espiritualidad, centradas en las iglesias, en la institución: “Espiritualidad es la búsqueda de cada persona. Esto me ha motivado mucho ya que en las iglesias se enseña que la espiritualidad se enseña en las iglesias. Si la espiritualidad la vivimos todos los días, debemos vivir, sentir esta espiritualidad, porque van ligadas la espiritualidad, el amor, la fe. Todo está amarrado. Para que la espiritualidad sea unánime, encuentre cabida en nosotros, no podemos cumplir una cosa e ignorar la otra”.

 

Finalmente, otro grupo expresó su comprensión de espiritualidad en la posibilidad de realización personal en ese vínculo y experiencia de Dios en sus vidas: “En lo personal sigo con el concepto de que la espiritualidad es un desarrollo que se da en nuestra vida, en mi relación con Dios, pero hoy he ampliado este concepto. Hoy comprendo que la espiritualidad surge en el corazón de cada una de nosotras, el poder encontrarnos a nosotras mismas, es el poder aceptar las limitaciones que tenemos, pero es también asumir retos para superar cada limitación. Es algo que va más allá. El ser humano busca la felicidad y antes miraba la felicidad en el entorno, alrededor, que mi felicidad depende del que está de este lado o del otro. Hoy comprendí que mi felicidad depende de mi misma, que la tengo que buscar dentro de mí y con la ayuda de Dios, de ese Ser Todopoderoso, podemos salir adelante. Entonces si puedo proyectarme con una espiritualidad que no tiene límite, porque cada día tenemos que perfeccionarnos más”.

 

Estas experiencias son sencillas, pequeñas, son prácticamente semillas que todavía no tienen grandes incidencias ni grandes impactos religiosos o políticos. Hemos tenido dificultades en el camino, tensiones, conflictos. Son experiencias de caminos lentos que requieren, como decía Gustavo Gutiérrez, de la Paciencia Histórica. Trabajar, acompañar a mujeres víctimas de las violencias, significa pensar en procesos de largo alcance. Como ellas lo expresan, con la guerra murió algo en cada una de nosotras, pero nacieron muchas cosas nuevas. Como lo hemos visto a través de esta experiencia, el símbolo, evoca, provoca y convoca (Pereira, 1995). Evoca un pasado dramático, este pasado provoca la construcción de nuevos referentes simbólicos para construir la paz y la reconciliación, y convoca a procesos de reconstrucción de sus vidas y de nuevos tejidos sociales en las realidades en las que hoy se encuentran.

 

CONCLUSIONES ABIERTAS 

 

  • Las zonas fronterizas, siguiendo a Giroux, se deben considerar lugares para el análisis crítico y también una fuente potencial para la experimentación, la creatividad y la posibilidad. Es algo similar a lo que plantea Lederach, cuando insiste en la necesidad de desarrollar la imaginación moral para adentrarnos en el “alma del conflicto” (Lederach, 2009). A través de la vivencia de estas Espiritualidades Ecuménicas de Base, aprendimos que es posible encontrarnos personas católicas, protestantes y pentecostales, para resignificar prácticas y representaciones religiosas y desde allí, aportar desde lo micro, en procesos de transformación de conflictos, de construcción de paz, de proyectos de vida individuales y colectivos.  
  • Levi Troch comenta, que el tránsito por las fronteras se caracteriza por la ambigüedad: por un lado hay destrucción, -en nuestro caso y respecto al desplazamiento forzado, hay pérdidas humanas, económicas, enfermedades mentales, físicas, pérdidas del tejido social construido generacionalmente, pérdida de amores y afectos, entre otros-, pero por otro,  se construyen, nacen “personas nuevas”, cosas nuevas, aprendizajes  nuevos y proyectos de vida nuevos. Este es otro de nuestros aprendizajes: Es posible cambiar, es posible avanzar en la construcción de nuevas sociabilidades a partir de una pluralidad de universos religiosos que se transforman, conservando elementos de su pasado,  (Pereira, 1996),  pero se dinamizan en función de cambios social. 
  • También observamos que hay más posibilidades de cambio en las fronteras que en su propio medio. En las fronteras hay más apertura a la tolerancia, a las otras personas. Estar y/o situarse en los bordes, en los límites, posibilita más libertades y menos controles por parte de las instituciones. Los bordes son lugares de transgresión, de libertad,  de autonomía, de construcción de otro tipo de realidades, de otras posibilidades de aprendizajes, de construcción de alianzas. Las alianzas implican ubicarse a partir de la experiencia de otras personas. Si hay apertura y respeto, hay posibilidad de la palabra, de negociar conocimientos, aprendizajes, apuestas y proyectos que se identifican como comunes.
  • Observamos a través de estas experiencias, que la cultura, como dice Giroux, no es  monolítica ni inmutable, sino una esfera cambiante de fronteras múltiples y heterogéneas donde se entremezclan diferentes historias particulares, lenguajes, experiencias y voces en medio de diversas relaciones de poder y privilegio. Por lo tanto, estas vivencias, nos invitan a levantar nuevos mapas culturales y nuevas formas de resistencia que se expresan en medio de la pluralidad étnico-cultural, política y religiosa. 
  • En Colombia, las mujeres vinculadas a diferentes espacios de la Iglesia católica, demandan mayor acompañamiento en sus procesos de crecimiento espiritual. Son mujeres que trabajan en cargos administrativos, en pastorales sociales, en parroquias, en catequesis de niños, de adultos, etc. Gran parte de ellas sienten un “vacío” espiritual y en algunos casos, lo llenan por fuera de la institución (Pereira, 2009). 
  • A nivel Latinoamericano se están realizando actualmente tres tipos de trabajos Bíblico-Teológicos: una perspectiva busca indagar en la historia para recuperar la memoria de aquellas mujeres que tuvieron/tienen una presencia significativa dentro de la Iglesia y de la sociedad. Otra experiencia profundiza sobre el papel que han jugado las mujeres en la Biblia, actualizando estos relatos en los grupos y organizaciones de mujeres que acompañan. Por último, encontramos teólogas y biblistas que recuperan la historia de las diosas en diferentes periodos de la humanidad, especialmente cuando las sociedades se regían por dinámicas de poder matriarcales”(Pereira, 2007). 

 

Estas perspectivas, enmarcadas en la Teología feminista, se encuentran en los “bordes”, en las fronteras de las instituciones católicas y protestantes. Son producciones bíblico-teológicas elaboradas por mujeres que han “transgredido” las normas, leyes, conceptos, preceptos y la ortodoxia. En algunos casos, son mujeres que han sido “castigadas” por las iglesias, condenadas al silencio o a expresar y socializar en pequeños círculos sus nuevos imaginarios religiosos.  

 

  • Finalmente, nos encontramos en tiempos de cambios, de globalización (Pereira, 1999), de crisis personal, de crisis de las instituciones que en décadas anteriores contribuyeron en la construcción de nuestras identidades. Observamos en estos contextos, lo que Weber llama “privatización de la fe” y “rutinización del carisma” (Weber, 1975), igual fenómenos de “secularización” respecto a la iglesia católica, pero de ampliación de las iglesias evangélicas, de asimilación de prácticas e imaginarios provenientes de la Nueva Era, del feminismo, entre otros. Son nuevas prácticas e imaginarios religiosos que se construyen en los bordes, en las fronteras de nuestra sociedad y del campo religioso colombiano. 

 

Es por lo tanto importante que las iglesias, las universidades y otras instituciones, realicen investigaciones, en general, sobre el rol de las religiones respecto a construcciones de paz –o de violencias-, en contextos de mutaciones, crisis y fronteras  y en particular, sobre los impactos de nuevos referentes simbólico-religiosos asumidos por las mujeres, actoras centrales en procesos socio-eclesiales de reproducción de prácticas y representaciones religiosas. 

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